Cuando creo haber avanzado un paso, resulta que he dado varios hacia atrás.
Tal vez esta sea una situación propia de una plutónica. Moverse en un planeta enano, por muy sola que esté una en él, pues se hace un pelín complicado. A la que te das cuenta, igual se ha acabado planeta por el que caminar.
Hoy recordé la primera vez que me enamoré de verdad, de la buena, y única vez en la que me he sentido realmente enamorada, hasta el momento. Vamos, nada de un amor plutónico.
Vi su sonrisa y lo supe. Acababa de encontrar mi otra mitad.
Vi su sonrisa y lo supe. Acababa de encontrar mi otra mitad.
Entonces no era ni conejillo de indias, ni siquiera una plutónica como el planeta enano manda.
Era una hadita diminuta que buscaba su príncipe rojo, que los azules ya están muy desgastados, y se encontró de bruces con un caballero sin espada. Caballero que pelearía por aquella hadita contra un enorme oso con el que, al final, mientras corría, o más bien volaba con mis diminutas alas en busca de ayuda, terminó jugándose a las cartas quien se quitaba antes la piel.
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