miércoles, 30 de noviembre de 2011

Hacia delante o no

Cuando creo haber avanzado un paso, resulta que he dado varios hacia atrás.
Tal vez esta sea una situación propia de una plutónica. Moverse en un planeta enano, por muy sola que esté una en él, pues se hace un pelín complicado. A la que te das cuenta, igual se ha acabado planeta por el que caminar.
Hoy recordé la primera vez que me enamoré de verdad, de la buena, y única vez en la que me he sentido realmente enamorada, hasta el momento. Vamos, nada de un amor plutónico.
Vi su sonrisa y lo supe. Acababa de encontrar mi otra mitad.
Entonces no era ni conejillo de indias, ni siquiera una plutónica como el planeta enano manda.
Era una hadita diminuta que buscaba su príncipe rojo, que los azules ya están muy desgastados, y se encontró de bruces con un caballero sin espada. Caballero que pelearía por aquella hadita contra un enorme oso con el que, al final, mientras corría, o más bien volaba con mis diminutas alas en busca de ayuda, terminó jugándose a las cartas quien se quitaba antes la piel.
Imagen montada por Veropa

jueves, 17 de noviembre de 2011

El mar de Plutón

El caso es que Plutón es un planeta tan enano que sólo quepo yo, aunque aspiro a que mi trucha venga a visitarme algún día.
Si se diera el caso de que tuviera mar, yo tendría como recuerdo el correr por la arena mojada, sin quitarme siquiera los zapatos, y arrodillarme para hundir mis manos todo lo máximo que me fuera permitido, sin dejar de mirar con la boca abierta la inmensidad de ese océano que es el Sistema Solar en el que nos encontramos.
O tal vez, recordaría el estar a la orilla, con la mirada fija en alguno de esos satélites que tienen nombres mitológicos como Caronte o Hidra, mientras las olas imaginarias, de un mar que no existe, lamieran mis pies rindiéndome tributo por ser la plutónica más bella jamás conocida. Y digo más bella porque, obviamente, siendo la única, digo yo que podría serlo, ¿no?

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Cuando me convertí en Plutónica

No es pescadilla, ni rodaballo, ni salmón, ni sardina, ni boquerón.
Es una trucha, la trucha de mi corazón.
Mi trucha querida, vino, vió y venció.
Recuerdo la primera vez que le vi, cuando me encaminaba al aeropuerto. Chocó con mis mejillas y nuestras miradas se cruzaron apenas un segundo. Esos ojitos brillantes y ese frescor suyo, me conquistaron al instante.
Pero mi vuelo partió y ese momento quedó suspendido en el aire.
Nuestras vidas continuaron y aquella trucha quedó en el recuerdo. Hasta que, un buen día, me convertí en conejilla de indias y tuve esperanzas en un nuevo encuentro.
Los conejillos de indias somos animales afectuosos, que necesitamos atención para llevar una vida alegre, somos roedores de campo y, raramente, mordemos. Sin embargo, mi trucha adorada es animal de río, algo fría y que no precisa de afecto. Así que ser conejilla de indias no supone un gran avance para nuestra relación.
Un buen día tuve un arranque repentino y decidí cruzar una charca para ver a mi amiga del alma.
El destino me deparaba la mayor sorpresa jamás esperada. Si, una trucha jugueteaba en aquella charca.
Era mi trucha amada y yo estaba allí para verle.
Nada más acercarnos el uno al otro me acarició, y sentí temblar mis mofletes. Su perfume húmedo y fresco me recordó porque me había enamorado.
Se que hay una trucha, en algún lugar, que fue más espabilada y le conquistó antes de que yo llegara.
Pero no me importa.
Yo sentiré por mi trucha querida un amor plutónico. De esos que sólo se pueden tener en Plutón.