El caso es que Plutón es un planeta tan enano que sólo quepo yo, aunque aspiro a que mi trucha venga a visitarme algún día.
Si se diera el caso de que tuviera mar, yo tendría como recuerdo el correr por la arena mojada, sin quitarme siquiera los zapatos, y arrodillarme para hundir mis manos todo lo máximo que me fuera permitido, sin dejar de mirar con la boca abierta la inmensidad de ese océano que es el Sistema Solar en el que nos encontramos.
O tal vez, recordaría el estar a la orilla, con la mirada fija en alguno de esos satélites que tienen nombres mitológicos como Caronte o Hidra, mientras las olas imaginarias, de un mar que no existe, lamieran mis pies rindiéndome tributo por ser la plutónica más bella jamás conocida. Y digo más bella porque, obviamente, siendo la única, digo yo que podría serlo, ¿no?
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