sábado, 10 de diciembre de 2011

De corazón

He conocido a alguien con el corazón tan duro como una piedra. 
Una vez fue alguien encantador que me lo entregó en mano, pero cuando se lo devolví dañado de tanto uso, decidió curarlo de la peor manera.
Yo al mío le llené de parches y tiritas y ahora se está reponiendo, anda cicatrizando y algún día volverá a latir con la misma fuerza.



Parece que el amor es así. Hace daño, se rompen los corazones y luego cuesta que la herida cicatrice. Aunque mi angelita de la guarda me dice que cada uno tiene una forma de conseguir curar su herida y yo la creo. Ahora la creo, porque he sentido el golpe.
Pero no tendría que ser así.



lunes, 5 de diciembre de 2011

Hoy, mañana, la semana pasada

Ando algo confusa. No sé si hoy es el día de la Luna, de Mercurio, Saturno o Venus.
Aquí, en Plutón, el tiempo no es lineal. Hoy puede ser dentro de tres años, ayer fue en realidad cuando nací, mañana tal vez sea el día en que escupí cocacola con esa sorpresa inesperada que dijo. Y claro, para esta plutónica es un poco de lío cuando pone los pies en la tierra.
Es que hace poco, con esto del tiempo no estoy segura cuando fue exactamente, hice un pequeño esfuerzo para ser el hadita revoltosa y poder tumbarme en mi planeta enano a mirar las estrellas. Reí. Y el planeta se hincho un poco.
Tal vez no encogiera y sólo se desinflara, quizá por la decepción. Es que le prometí ser buena plutónica y luchar por él, pero reconozco que me desocupé un poco. Es que de repente me entró calor y luego sentí frío. Y con esto de que no sé en que día me encuentro, creo que en Sol, o tal vez, es Marte...
Lo lamento Plutón, prometo ocuparme un poco más de tí, aunque me apetece otro viaje a Saturno, que me encanta jugar con sus anillos.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Perdí

Miré hacia abajo, me sentía con la cabeza enorme de tanto que la sentía latir, el planeta enano resultaba más enano desde mi vista. De hecho, sólo me sostenía por la punta de un pie bajo el cuál estaba mi Plutón.
Me quedé sin respiración, sentí que me ahogaba y volvieron las lágrimas a brotar. La inmensidad del Sistema Solar, cuando te sientes sola, aún parece más inmensa todavía.
Sin duda alguna, mi querido Plutón estaba encogiendo de tantas lágrimas derramadas.
He sido siempre un fracaso en las relaciones humanas pero, en mi ignorancia, yo vivía feliz. Alguien me ha dado una enorme bofetada que me ha hecho ver la realidad. 
Y por muy plutónica que sea, eso lo debo reconocer. No soy más que una vulgar mujer que se mueve por este universo como el resto de los humanos, lunáticos, plutónicos, o seres que existen. Con total y  puro egoísmo. 
Sólo pensamos en nuestra propia felicidad, aunque a veces la ocultemos bajo un atisbo de tratar de ayudar a los demás.
Perdí. Y ahora me estoy quedando hasta sin planeta en el que poder ahogar mis penas.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Hacia delante o no

Cuando creo haber avanzado un paso, resulta que he dado varios hacia atrás.
Tal vez esta sea una situación propia de una plutónica. Moverse en un planeta enano, por muy sola que esté una en él, pues se hace un pelín complicado. A la que te das cuenta, igual se ha acabado planeta por el que caminar.
Hoy recordé la primera vez que me enamoré de verdad, de la buena, y única vez en la que me he sentido realmente enamorada, hasta el momento. Vamos, nada de un amor plutónico.
Vi su sonrisa y lo supe. Acababa de encontrar mi otra mitad.
Entonces no era ni conejillo de indias, ni siquiera una plutónica como el planeta enano manda.
Era una hadita diminuta que buscaba su príncipe rojo, que los azules ya están muy desgastados, y se encontró de bruces con un caballero sin espada. Caballero que pelearía por aquella hadita contra un enorme oso con el que, al final, mientras corría, o más bien volaba con mis diminutas alas en busca de ayuda, terminó jugándose a las cartas quien se quitaba antes la piel.
Imagen montada por Veropa

jueves, 17 de noviembre de 2011

El mar de Plutón

El caso es que Plutón es un planeta tan enano que sólo quepo yo, aunque aspiro a que mi trucha venga a visitarme algún día.
Si se diera el caso de que tuviera mar, yo tendría como recuerdo el correr por la arena mojada, sin quitarme siquiera los zapatos, y arrodillarme para hundir mis manos todo lo máximo que me fuera permitido, sin dejar de mirar con la boca abierta la inmensidad de ese océano que es el Sistema Solar en el que nos encontramos.
O tal vez, recordaría el estar a la orilla, con la mirada fija en alguno de esos satélites que tienen nombres mitológicos como Caronte o Hidra, mientras las olas imaginarias, de un mar que no existe, lamieran mis pies rindiéndome tributo por ser la plutónica más bella jamás conocida. Y digo más bella porque, obviamente, siendo la única, digo yo que podría serlo, ¿no?

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Cuando me convertí en Plutónica

No es pescadilla, ni rodaballo, ni salmón, ni sardina, ni boquerón.
Es una trucha, la trucha de mi corazón.
Mi trucha querida, vino, vió y venció.
Recuerdo la primera vez que le vi, cuando me encaminaba al aeropuerto. Chocó con mis mejillas y nuestras miradas se cruzaron apenas un segundo. Esos ojitos brillantes y ese frescor suyo, me conquistaron al instante.
Pero mi vuelo partió y ese momento quedó suspendido en el aire.
Nuestras vidas continuaron y aquella trucha quedó en el recuerdo. Hasta que, un buen día, me convertí en conejilla de indias y tuve esperanzas en un nuevo encuentro.
Los conejillos de indias somos animales afectuosos, que necesitamos atención para llevar una vida alegre, somos roedores de campo y, raramente, mordemos. Sin embargo, mi trucha adorada es animal de río, algo fría y que no precisa de afecto. Así que ser conejilla de indias no supone un gran avance para nuestra relación.
Un buen día tuve un arranque repentino y decidí cruzar una charca para ver a mi amiga del alma.
El destino me deparaba la mayor sorpresa jamás esperada. Si, una trucha jugueteaba en aquella charca.
Era mi trucha amada y yo estaba allí para verle.
Nada más acercarnos el uno al otro me acarició, y sentí temblar mis mofletes. Su perfume húmedo y fresco me recordó porque me había enamorado.
Se que hay una trucha, en algún lugar, que fue más espabilada y le conquistó antes de que yo llegara.
Pero no me importa.
Yo sentiré por mi trucha querida un amor plutónico. De esos que sólo se pueden tener en Plutón.