miércoles, 9 de noviembre de 2011

Cuando me convertí en Plutónica

No es pescadilla, ni rodaballo, ni salmón, ni sardina, ni boquerón.
Es una trucha, la trucha de mi corazón.
Mi trucha querida, vino, vió y venció.
Recuerdo la primera vez que le vi, cuando me encaminaba al aeropuerto. Chocó con mis mejillas y nuestras miradas se cruzaron apenas un segundo. Esos ojitos brillantes y ese frescor suyo, me conquistaron al instante.
Pero mi vuelo partió y ese momento quedó suspendido en el aire.
Nuestras vidas continuaron y aquella trucha quedó en el recuerdo. Hasta que, un buen día, me convertí en conejilla de indias y tuve esperanzas en un nuevo encuentro.
Los conejillos de indias somos animales afectuosos, que necesitamos atención para llevar una vida alegre, somos roedores de campo y, raramente, mordemos. Sin embargo, mi trucha adorada es animal de río, algo fría y que no precisa de afecto. Así que ser conejilla de indias no supone un gran avance para nuestra relación.
Un buen día tuve un arranque repentino y decidí cruzar una charca para ver a mi amiga del alma.
El destino me deparaba la mayor sorpresa jamás esperada. Si, una trucha jugueteaba en aquella charca.
Era mi trucha amada y yo estaba allí para verle.
Nada más acercarnos el uno al otro me acarició, y sentí temblar mis mofletes. Su perfume húmedo y fresco me recordó porque me había enamorado.
Se que hay una trucha, en algún lugar, que fue más espabilada y le conquistó antes de que yo llegara.
Pero no me importa.
Yo sentiré por mi trucha querida un amor plutónico. De esos que sólo se pueden tener en Plutón.

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